miércoles, 22 de noviembre de 2017

LA TIERRA QUE PISAMOS. Jesús Carrasco.



No he podido resistirme a leer la segunda novela de Jesús Carrasco. Tras el éxito de “Intemperie”, su debut literario, que fue comparada con la obra de Delibes. Reconocible dentro de la tradición realista con especial atención al vocabulario rural. En sus dos novelas, su éxito está basado en la combinación de una historia sencilla y muy potente con un magistral uso de le lengua.


SINOPSIS: A comienzos del siglo xx España ha sido anexionada al mayor imperio que Europa ha conocido. Tras la pacificación, las élites militares eligen un pequeño pueblo de Extremadura como gratificación para los mandos a cargo de la ocupación. Eva Holman, esposa de uno de ellos, vive su idílico retiro en la paz de su conciencia hasta que recibe la visita inesperada de un hombre que empezará ocupando su propiedad y acabará por invadir su vida entera.
La tierra que pisamos habla del modo en que nos relacionamos con la tierra; con el lugar en el que nacemos pero también con el planeta que nos sostiene. Formas que van desde el atroz mercantilismo que ejerce el poder hasta la emoción de un hombre que cultiva a la sombra de una encina.
Y entre esos dos extremos, la lucha de una mujer por encontrar el auténtico sentido de su vida y del que su propia educación la ha desviado. Con la misma riqueza y precisión con que escribió Intemperie, Jesús Carrasco indaga en esta novela en la infinita capacidad de resistencia del ser humano, el deslumbramiento de la empatía cuando el otro deja de ser un extraño a nuestros ojos y la naturaleza de un amor más grande que nosotros. Una lectura emocionante; un libro capaz de cambiarte.


Ya sabemos que la fuerza del autor nace de su potente dominio del castellano, de su lirismo cargado de imágenes poderosas. Por ello, creo que ha querido acudir a una fuente que sabía inagotable para su arte personal: la barbarie humana, la miseria del hombre en su estado más primitivo, la supervivencia.
La novela se adentra en la búsqueda de las propias raíces, en la identidad perdida, la relación con lo más básico que tenemos, lo que nos sostiene. “La tierra que pisamos” quería indagar en la relación más emocional con la tierra. Para esto el recurso que ha utilizado es el de tomar un personaje que esté muy vinculado a la tierra para, a partir de ahí, despojar de todo e indagar sobre la capacidad de reconstruirse. Todo ello se pone en danza en un escenario rural.
“La tierra que pisamos” es una historia atemporal que define valores universales y ataca a los regímenes autoritarios. Sin duda, es una novela muy dura y arriesga, tremenda y valiente que narra con crudeza y gran realismo las atrocidades cometidas por aquellos gobiernos autoritarios, bárbaros y destructores de la humanidad de los invadidos.
Con respecto, a la primera parte del libro se centra más en destacar el nexo de unión íntimo entre la tierra y el hombre y se crea un atractivo enigma en torno a la figura de esos personajes bien perfilados. Sin embargo, se nota como una transición un poco forzada hacia la segunda parte, en la que es inevitable rememorar mientras se lee, hechos históricos como el nazismo, la Segunda Guerra Mundial o la Guerra Civil española, concretamente la terrible matanza de Badajoz y el tema pendiente de las fosas comunes en nuestro país.
Ahora bien, en el mundo de los libros, se comenta en general, cuando la primera novela es un gran éxito, la segunda suele ser más floja y la de Jesús Carrasco no es una excepción.
Con todo lo dicho anteriormente, a mi modo de ver, esta novela recuerda demasiado a “Intemperie”. En cuanto a la voz narrativa, es lenta, repetitiva, y a veces embarullada, hace una trama dura, que comienza con cierta intriga y podría haber resultado interesante, decaiga hasta resultar tediosa, monótona y poco creíble. A pesar de la calidad de la escritura, en general la lectura, me ha resultado un tanto desganada. No es una mala novela, con pretensiones, pero fallida y que arriesga poco.

Carrasco consigue, igual que en su anterior novela, crear una novela muy rural y trasmitir su olor y textura para valorar lo que pisamos. La tierra es nuestro territorio y al igual que las personas necesita cuidados y mimos. De ahí la interacción entre ambos es l trama de la obra. Lenta, sentida, profunda, como ya esperamos de Carrasco.
Todo parece previamente pensado y dirigido. El lector no descubre las cosas por si mismo según suceden, un poco antes por la voluntad de la narradora.
El escritor sevillano narra escenas de gran dureza, y nos hace reflexionar sobre la humanidad de hombre -o inhumanidad-, pero también sobre cómo actuamos con nuestro entorno, sobre todo con la naturaleza.
En la que a cada paso encontramos frases contundentes y precisas con un rico vocabulario y una prosa cargada de simbolismo y belleza poética. Todo ello tejido con un lenguaje preciso, estético y exacto, con muchos blancos y silencios, que inundan al lector. Dado que su autor utiliza los adjetivos sin miedo a recargar la frase porque en su estilo parece haber cierta obsesión en la construcción de escenas en el cerebro del lector. Esta profusión de fotografías se ve perjudicada, en lugar de compensar, por cierta glotonería de adjetivos muy precisos.
Con todo, no es el problema el cansancio, el ritmo sosegado y adormecedor. Por momentos me pareció carente de fuerza. Tal vez la narración sea demasiado lineal, estática. Y eso hace que la novela no termine de funcionar, no agarre al lector estrujándolo para mantenerlo pegado a sus páginas, a pesar de que estas paseen paisajes hermosos y también duros que invitan a reflexionar.

Cuando uno prepara la tierra para sembrar, lo primero que tiene que hacer es ararla, pues eso hace Carrasco con los personajes, primero los presenta, simplemente aparecen, luego poco a poco va preparando el terreno, y vamos conociendo más de ellos, hasta acercárnoslos y hacer que se descubran ante el lector.
Los personajes poseen gran fuerza, son intensos. Iosif, el esposo dependiente de Eva, un ser cruel y perverso, símbolo del autoritarismo y la violencia desatada se contrapone al sometimiento y la dejadez de Leva. Y en medio de ellos dos, Eva, un personaje que va evolucionando a lo largo de la novela hasta ser consciente de su culpa, de que está en deuda con el hombre que ha invadido su alma. La historia que ella misma crea le devuelve la humanidad y la empatía que estaban dormidas en lo más profundo de su ser.

Un libro que como el anterior sirve para la meditación aunque no tanto para compartir experiencias; pues hay cosas que pasan con su lectura, cómo provocar sentimientos en el alma que son difícilmente trasportables al mundo de las palabras.
Carrasco no duda en relevar las contradicciones en las que todos nosotros estamos atrapados con esta novela sobre la violencia y la comprensión, el duelo y la pérdida, la memoria y la necesidad de recomponer un mundo hecho pedazos.
Por mi parte, el ejercicio es decepcionante, como he comentado en el apartado del          argumento, no es una mala novela pero arriesga poco. Aunque es evidente la calidad de la escritura, despojada aquí del adorado léxico de “Intemperie”, algo no ha terminado de ajustarse a su indudable talento. Quizás la voz en primera persona de una narradora a medio camino de lo lírico y lo entrometido. Quizá la exageración del tono siempre elevado con que narra un “horror” que a pesar del hiperrealismo, termina volviéndose abstracto. Quizás porque sus materiales daban para un relato más breve.
 

 

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